
El diálogo que Dios desea establecer con cada uno de nosotros a través del misterio pascual de su Hijo no tiene nada que ver con palabrerÃa vacÃa, como la que se atribuÃa a los antiguos habitantes de Atenas, quienes «no se dedicaban a nada más que a decir o escuchar algo nuevo» ( Hch 17,21). Dicha palabrerÃa, impulsada por una curiosidad vacÃa y superficial, caracteriza la mundanidad en todas las épocas; en nuestros dÃas, también puede resultar en un uso indebido de los medios de comunicación.
4. Una riqueza para compartir, no para guardarla para uno mismo.
Poner el misterio pascual en el centro de nuestra vida significa sentir compasión por las heridas de Cristo crucificado presentes en las numerosas vÃctimas inocentes de las guerras, en los atentados contra la vida, desde la de los no nacidos hasta la de los ancianos, y en las diversas formas de violencia. Están presentes también en los desastres ambientales, la distribución desigual de los bienes de la tierra, la trata de personas en todas sus formas y el afán desenfrenado de lucro, que es una forma de idolatrÃa.
También hoy es necesario hacer un llamamiento a los hombres y mujeres de buena voluntad para que compartan, mediante la limosna, sus bienes con los más necesitados, como medio de participar personalmente en la construcción de un mundo mejor. La caridad nos hace más humanos, mientras que el acaparamiento corre el riesgo de hacernos menos humanos, prisioneros de nuestro propio egoÃsmo. Podemos y debemos ir más allá y considerar los aspectos estructurales de nuestra vida económica. Por eso, en plena Cuaresma de este año, del 26 al 28 de marzo, he convocado un encuentro en AsÃs con jóvenes economistas, empresarios y creadores de cambios, con el objetivo de dar forma a una economÃa más justa e inclusiva. Como ha repetido con frecuencia el magisterio de la Iglesia, la vida polÃtica representa una forma eminente de caridad (cf. PÃo XI, Discurso a la Federación Italiana de Universitarios Católicos , 18 de diciembre de 1927). Lo mismo se aplica a la vida económica, que puede abordarse con el mismo espÃritu evangélico, el espÃritu de las Bienaventuranzas.
Pido a MarÃa SantÃsima que ore para que nuestra celebración cuaresmal abra nuestros corazones para escuchar la llamada de Dios a reconciliarnos con él, a fijar nuestra mirada en el misterio pascual y a abrirnos a un diálogo abierto y sincero con él. De esta manera, nos convertiremos en lo que Cristo pide a sus discÃpulos: sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14).
Francisco