
El director ejecutivo se casó con una empleada doméstica que tenía tres hijos de diferentes hombres… ¡pero cuando ella se desnudó en su noche de bodas, el hombre quedó atónito por lo que vio!
En una enorme mansión en Greenwich, Connecticut, Emily Carter trabajaba como ama de llaves. Tenía veinticinco años: era modesta, trabajadora y tranquila. Era la criada favorita del señor Nathan Carter, un soltero de treinta años y director ejecutivo de una corporación multinacional. Nathan era amable, pero estricto en el trabajo. Lo único que sabía de Emily provenía de los chismes del resto del personal: que, supuestamente, Emily había sido una mujer de mala reputación en su pueblo rural de Virginia Occidental.
Mes tras mes, Emily enviaba casi todo su sueldo a casa. Cuando el personal le preguntaba adónde iba ese dinero, ella respondía: «A Johnny, Paul y Lily». Así que todos concluyeron que Emily tenía tres hijos fuera del matrimonio.
A pesar de los rumores, Nathan se enamoró de Emily. Ella cuidaba a la gente de una manera diferente. Cuando Nathan enfermó gravemente y estuvo hospitalizado durante dos semanas en el Hospital NewYork-Presbyterian, Emily nunca se separó de su lado. Lo bañaba, lo alimentaba y pasaba noches enteras despierta. Nathan vio la pureza de su corazón. «No me importa si tiene hijos», se dijo a sí mismo. «Los amaré como la amo a ella».
Nathan cortejó a Emily. Al principio, ella se negó.
«Señor, usted viene del cielo y yo de la tierra. Y además… tengo muchas responsabilidades», dijo, con la cabeza gacha.
Pero Nathan persistió, demostrándole que estaba dispuesto a aceptarlo todo. Al final, se convirtieron en pareja.
Esto causó un gran escándalo. La madre de Nathan, la señora Margaret Carter, estalló.
¡Nathan! ¿Te has vuelto loco? ¡Es una sirvienta… y tiene tres hijos de distintos hombres! ¿Vas a convertir nuestra mansión en un orfanato? —gritó ella.
Sus amigos se burlaron de él—.
¡Hermano, padre de tres hijos de la noche a la mañana! ¡Buena suerte con los gastos!
Pero Nathan se mantuvo firme al lado de Emily. Se casaron en una ceremonia sencilla. En el altar, Emily lloró—.
Señor… Nathan… ¿está seguro? Podría arrepentirse.

—Nunca me arrepentiré, Emily. Te amo a ti y a tus hijos —respondió Nathan.
Luego llegó su noche de bodas: su luna de miel.
Estaban en el dormitorio principal. En silencio. Emily estaba nerviosa. Nathan se acercó con delicadeza a su esposa. Estaba dispuesto a aceptar todo de ella: las cicatrices del pasado, las estrías del embarazo, cualquier señal de maternidad. Para él, eran símbolos de sacrificio.
—Emily, no seas tímida. Ahora soy tu esposo —dijo Nathan con ternura mientras le tocaba el hombro.
Lentamente, Emily se quitó la bata. Bajó el tirante de su camisón.
Cuando Nathan vio el cuerpo de su esposa, SE CONGELÓ. Se quedó paralizado.
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